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jueves, 19 de mayo de 2016

Extravagante y de bajo perfil: Melania Trump, la inmigrante que podría convertirse en primera dama de EE.UU.


La esposa de Donald Trump, que busca ser el sucesor de Obama, tiene 24 años menos que él; nació en Eslovenia, fue modelo frustrada en Europa y luego se instaló en Nueva York

Dolores Caviglia / LA NACION

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  • El vestido que eligió Melania Knauss para lucir esa noche de invierno de 2005 en el Palacio Florida, cuando se casó con el por entonces empresario Donald Trump , ahora precandidato a la nominación republicana para las elecciones presidenciales de noviembre en Estados Unidos, había sido diseñado por Christian Dior cuando John Galliano aun era lo mejor que la marca podía tener. Era la acumulación en su máxima expresión. No podía ser menos. La extravagancia del millonario es contagiosa.

    Ese 22 de enero, Melania tenía 34 años y hacía nueve que había llegado desde Eslovenia en busca de trabajo en la pasarela. Faltarían años para que el magnate republicano hiciera declaraciones antiinmigrantes por doquier en plena campaña por la presidencia.

    Su apellido en realidad es Knavs pero cuando quiso destacarse como modelo en Milán, creyó que lo mejor sería volverlo más europeo, por eso cambió la "v" por una "u" y le agregó otra "s". Pasó a llamarse Knauss, apellido que iba perder en menos de diez años.

    Bajo su nombre original, pre-occidentalizado, Melanija (no Melania) nació en 1970 en un pequeño pueblo cerca de las vías del tren, Sevnica, a una hora de la capital actual, cuando Eslovenia era parte de Yugoslavia. Eran tiempos duros, días grises y fríos, de hoz y martillo.

    Sin embargo, sus padres estaban bien acomodados y no sentían de lleno los golpes del comunismo: su madre trabajaba en una fábrica de ropa de chicos y su padre era chofer. Por decisión propia, por oficio, su madre siempre se encargó que sus dos hijas vistieran elegante. Ella misma confeccionaba sus atuendos. La moda estaba en sangre. En "Melania Trump: la historia por dentro", los periodistas Bojan Pozar e Igor Omerza cuentan que siempre le interesó todo lo que tenía que ver con la belleza y el diseño, y que descubrió su talento cuando era aún muy pequeña: "En el garage de su padre, por ejemplo, limpió, reparó y repintó un viejo carrito y lo convirtió en una maceta. Además, era una aficionada a tejer en lana".

    Cuando le tocó la hora de decidir qué hacer con su vida, pensó que el diseño sería su meta y para ello se anotó en la universidad local. Pero la casualidad la sorprendió en 1992: ganó el segundo lugar en un concurso de modelos, le ofrecieron irse a Europa, se dio cuenta de que en su pueblo natal de dos millones de habitantes no iba a conseguir mucho, hizo la valija, agarró el pasaporte y se fue a Italia.

    Pero Europa no fue lo suyo. Estuvo cuatro años tratando de conseguir ese trabajo que la catapultara a las pasarelas más exclusivas para vestir los diseños más exquisitos. Quienes compartieron esos años con ella aseguran que se levantaba todos los días para prepararse para un nuevo casting y que en cada uno de ellos fracasaba. Melania se cansó de esperar, cumplió 26 años y se fue a Nueva York.

    La ciudad que no duerme, el principio de todo

    Fue en una fiesta. No podría haber sido de otra manera. Música de fondo, catering de primera calidad, alcohol con estilo, las mujeres más lindas, los hombres más codiciados, la Semana de la Moda y el exclusivo club nocturno Kit Kat de Nueva York en 1998 fueron el marco del encuentro. Allí Trump conoció a Knauss.

    Donald la vio, se le acercó, Melania se resistió, no le quiso dar su número de teléfono. Lo vio llegar con otra mujer. Donald insistió y Melania lo sorprendió: le dijo que no iba a darle su contacto bajo ningún punto de vista, pero que si quería él podía dejarle el suyo. Estaba decidida a no ser una más del montón. Una semana después, ella fue la que llamó.

    Están juntos desde entonces.

    Desde que tienen 28 y 52. Tuvieron un paréntesis en el año 2000, la primera vez que Donald coqueteó con la idea de postularse para la presidencia de Estados Unidos -por aquel entonces planeaba hacerlo de la mano del Partido Reformista. Pero no duraron mucho separados. Cuatro años más tarde, en la glamorosa gala del Met, Donald le dio un anillo que le costó dos millones de dólares y le pidió que se casara con él. Era la tercera vez que el magnate hacía la misma pregunta. Siempre a mujeres distintas. Siempre le dijeron que sí.

    En enero de 2005, Melania se calzó un vestido que costó cien mil dólares, que precisó 550 horas de trabajo manual y que llevó 1500 cristales y le dijo que sí ante una multitud y una torta que media más de un metro y medio, pesaba casi cien kilos y estaba decorada con extravagancia. Una vez más.

    Hoy Melania y Donald son los padres de Barron, de diez años y hermano por parte de padre de Donald Jr., Ivanka, Eric y Tiffany. Ella sola

    Quienes la conocen, sus amigos, los periodistas que la describen, dicen que Melania es tímida, que jamás esperó que su marido se metiera en la política, que también es reservada, recatada, sensata, de ojos salvajes, que siempre se va temprano de todas las fiestas, que no le encantan las multitudes, que tampoco demanda mucho de nadie, ni siquiera de su esposo. Una vez dijo a los medios: "Nosotros conocemos nuestros roles. Jamás esperé que Donald cambiase un pañal o llevase a nuestro hijo a la cama".

    Melania sería señalada por las feministas como machista; y por los fanáticos de Freud, como una adulta que aún no resolvió su Edipo. Su marido es sólo cinco años más joven que su padre, ambos son hombres que llegan a un lugar en que no son conocidos y llaman la atención, por el look, por el porte; a los dos les gustan los negocios. "Son inteligentes y muy capaces. Crecieron en ambientes completamente distintos pero tienen los mismos valores, la misma tradición", dijo a la reportera Julia Ioffe en una nota de la revista GQ.

    Para verse así de bella, Melania lleva una vida sana, cuida de su cuerpo y de su piel de forma natural. Nada de botox, nada de operaciones. Al menos eso dice por ahora. "Quiero envejecer con gracia, como mi madre". Para conseguirlo, todos los días baja de su piso en la Trump Tower con pesas en los tobillos y se pone a caminar. Y come fruta, mucha fruta, algo así como siete por día.

    Melania en la política

    Un vestido corto y verde claro. El cabello suelto, dividido al medio por una raya impecable. El cuerpo algo tieso, una sonrisa impostada y un inglés que se notaba aprendido para decir en frases cortas las palabras que debía: "líder", "verdad", "justo", "presidente", "lucha", "América", "corazón", "inteligente", "verdad", "negocio". "Si lo atacan, va a golpear diez veces más duro". Esa fue la parte más celebrada.

    Melania Trump irrumpió en la campaña política de su marido hace un mes, cuando brindó un discurso demasiado breve en Wisconsin.

    La periodista Lauren Collins dijo en un artículo publicado en The New Yorker que si Trump gana las elecciones, por primera vez en la historia de Estados Unidos la primera dama va a ser una inmigrante.

    "Hace muy poco que Melania se muestra activa en la política por lo que es difícil decir si los estadounidenses están contentos o no con ella. No la conocen todavía. Pero lo que sí puede decirse es que hay posibilidades de que se convierta en la nueva primera dama del país. Kati Marton, la escritora que cito en mi artículo, cree que Melania sería la primera dama menos preparada de la historia del país. Y creo que es un buen argumento", dijo a LA NACION Collins.

    Por su parte, si Trump vence en las elecciones presidenciales de noviembre, sería el primer presidente en proponer la construcción de un muro en la frontera con México para frenar la inmigración, en impedir el ingreso de musulmanes al país para no correr riesgos, en deportar a los latinos que no tienen los documentos que necesitan, en terminar con la ciudadanía estadounidense por nacimiento, en registrar con una base de datos a los ciudadanos que profesan el Islam y en eliminar el impuesto a las sucesiones. Pero para argumentar que su política no es xenófoba ni racista, el magnate siempre repite: "Mi mujer es inmigrante".

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